A mitad de los 90s, en la academia discutía los diferentes modelos de política macro. En la mesa convivían aquellos que fijaban objetivos de tipo de cambio vs objetivos de inflación. También en aquellos días las bandas cambiarias eran novedad y se esperaba que fuesen la solución para muchos países.

Las crisis de tipo de tipo de cambio y los ataques especulativos eran materia de estudio. Todavía era reciente la incursión de George Soros y su contribución (ataque especulativo) a la salida del Reino Unido del Sistema Monetario Europeo, para dicha discusión recomiendo el libro que escribieron Paul Krugman Marcus Miller, Exchange Rate Targets and Currency Bands (1991). Es claro quien gano la discusión y el mundo se fijó un objetivo de inflación, dejando las monedas flotar “libremente”.

En México

En México, la independencia del Banco Central y su único mandato de gestionar la inflación, ha permitido una relativa estabilidad macroeconómica, dejando el tipo de cambio flotar libremente. Podríamos decir que durante este período nunca ha ganado dinero quien ha apostado a la especulación cambiaría.

Para los mercados es claro que el gobierno no opera bandas o caps y floors del tipo de cambio, este en general flota libremente.

En todo este período no ha habido movimientos abruptos. Recientemente con la llegada de Trump se tuvo un desliz y mucha volatilidad. Sin embargo, en plazo de semanas, dicha situación se corrigió sin mayor problema. Hoy tenemos niveles similares a los de inicios del 2016.

Sin embargo, parece que algo ha cambiado. En el discurso y la retórica del gobierno, el tipo de cambio ha dejado de ser una variable más y, al parecer, vuelve a ser “el ancla” del modelo macro (al menos en el discurso).

Fortalezas de la economía

En más de una ocasión se ha mencionado el nivel de tipo de cambio como muestra de la fortaleza de la economía. Y es muy probable que así sea. Sin embargo, hay que reconocer que los movimientos del peso obedecen a muchos factores.

Uno de ellos es la liquidez que ofrece nuestra moneda. Probablemente la más líquida entre economías emergentes. Y actualmente la octava a nivel mundial, por debajo del dólar canadiense y del franco suizo.

Hasta hoy el gobierno ha cuidado que el entorno macroeconómico no se altere, con presupuestos ajustados y atendiendo hasta donde sea posible los riesgos sistémicos que Pemex podría acarrear.

Sin embargo, ante la caída en la actividad económica, siempre existe la tentación de fijar (o anclar) metas contra el tipo de cambio. En el discurso a veces es fácil lanzar mensajes, sin embargo los mercados atienden bien y es posible que se formen escenarios sobre el tipo de cambio y el rol que pudiese jugar el gobierno respecto a presiones que pudiese tener la moneda.

El año entrante se presenta complejo ya que muy probablemente Europa y Estados Unidos se encuentren en recesión. Es relevante que el banco central continúe enfocado al objetivo de inflación y en todo caso el gobierno trabaje de llevo en la política fiscal.

El tipo de cambio no debiese ser un factor que inhiba las bajas en tasas de interés, en una economía en plena desaceleración lo peor que puede suceder es lentitud en reaccionar. El enfermo necesita ya una dosis importante de confianza, un aliciente que le permita retomar fuerzas. El acelerar el paso en la bajada de tasas (dejando al lado cualquier presión de tipo de cambio) puede ser esa gran señal que hoy espera la economía real.

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