Américo Vespucio, relato de un error histórico.

Regalar un libro de Stefan Zweig es un acto seguro. Genera agradecimiento inmediato si se trata de uno de sus lectores, o bien la satisfacción de haber introducido un autor excepcional a quien lo recibe. A través de la magia del señor Zweig seguramente seremos recordados por el homenajeado.

Mi hermano hizo lo propio, prestándome Américo Vespucio de Stefan Zweig. Si bien el señor Sweig es fantástico en novelas, sus ensayos son particularmente excepcionales. Y de éstos, las “miniaturas históricas” son imperdibles, tal como las que integran Momentos Estelares de la Humanidad o Magallanes.

El libro sobre Américo es otra miniatura histórica. Muy relevante porque ciertamente pocos sabemos porque América finalmente no lleva el nombre de su descubridor y es aquí donde el relato cobra interés. Además de ilustrar lo confuso que fue el descubrimiento del nuevo continente (Colón como muchos otros murieron pensando que habían llegado a las Indias), lo más relevante de esta historia es que muestra el poder de la palabra escrita. Américo tuvo dos aciertos. El primero reconocer que la tierra que exploraba no podía ser las Indias, por lo tanto era algo nuevo. Pero lo que lo inmortalizó es haberlo narrado. Sus escritos en latín, la lengua de los eruditos de la época, generó que sus viajes tuviesen un eco que no encontraron los de otros marineros.

El mérito de Américo

Para Stefan Sweig, Américo tiene como mérito el haber entendido que la tierra era mucho más grande, que unas semanas de viaje no eran suficientes para llegar a las Indias. Lo que implicaría que el mundo fuese redondo, pero pequeño. Por lo que el descubrimiento tiene validez no sólo para el que lo logra (Colón), sino para aquel que lo comprende (Américo). En ese sentido, los americanos no debemos sentirnos defraudados con el hecho de no habernos llamado colombianos. Al final, Américo no hizo la gesta heroica, pero sí ayudo a quitar la niebla sobre la que se cernía el mundo. Había un continente más. Somos hijos de un hombre sencillo y honesto, que no prometió oro ni riquezas, solo describió de una forma sencilla lo que vio. Sus motivaciones eran las de un hombre libre que no llevó esclavos a Europa. Su curiosidad lo llevo a viajar a los 50 años de edad el mismo océano que Colon, sin la mayor promesa a sus benefactores que narrar lo visto.

Es la palabra escrita en un par de publicaciones que por azarosas circunstancias ponen a Américo como el pionero del Nuevo Mundo. Al principio sólo es percepción, después la palabra escrita se afianza y se reproduce.

1497 vs 1499

Dos años de diferencia. Américo se adelanta con sus escritos en latín y la reproducción de estos a través de Europa, donde en ellos afirma en su texto Mundus Novus, que Brasil no era Asia. Hay que tener en cuenta que Colón aún en su segundo viaje llevaba las cartas de la Reina para el Gran Kan de Quinsay. ¡Esperando encontrarlo a unos pasos de Cuba!

En aquellos años, el poco rigor editorial de algunas imprentas permitía que mentiras se divulgaran por todo el mundo, apoyados por el poder de la palabra escrita. En los siguientes siglos, el trabajo editorial se profesionalizó enormemente hasta lograr que lo dicho en papel fuese una verdad asimilable. Así hasta llegar a nuestros tiempos, donde el mundo digital con millones de voces sin tapabocas publica en las redes miles de verdades a medias y otras mentiras.

América, un error editorial, nos muestra el peligro de volver a una época donde la palabra escrita no tenga filtros ni guardianes. ¡Ojo!, no confundamos el rigor con la libertad de expresión. Publicar que Américo Vespucio descubrió América no es un asunto de libertad de prensa, es simplemente un abuso del poder de la palabra escrita. Como siempre, gracias a Stefan Zweig por esta miniatura histórica, que probablemente hoy tenga más validez que hace un siglo cuando fue escrita.

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