La vuelta a la normalidad tomará años.

Pasado casi un año del inicio de esta pandemia, aún tenemos muchas incógnitas sobre cómo afectará la forma como vivimos. El impacto económico es todavía difícil de medir. Las expectativas de corto plazo son malas, pero para el mediano plazo pocos se atreven dar estimaciones.

Nos damos cuenta que, tal vez, esto es más permanente de lo que pensábamos. Por un lado, la esperada vacuna aún no llega. Y tal y como se vislumbra ni su aplicación será inmediata ni el efecto. El ejercicio de vacunación será tremendo. No sólo por el coste y la logística implicados, sino que muchos de nosotros aun no pensamos vacunarnos. Y probablemente dudemos más cuando se trate de nuestros hijos.

Por otro lado, poco se sabe de la vacuna, si esta será suficiente en una dosis y muy probablemente se tendrá que reforzar periódicamente, al igual que la H1N1. No sabemos que tanto el COVID-19 ha mutado o lo hará en las siguientes olas de contagio. Pero es claro que si llega a probar millones de seres, en alguno encontrará un entorno que lo hará cambiar.

Pero mucho menos se sabe de los protocolos que en cada país se están aplicando para la aprobación de las vacunas. Se sabe que en algunos casos se detienen las pruebas por la presencia de aparentes efectos secundarios y después se anuncia la reanudación de pruebas. Si bien este proceso podría ser normal, nunca en la historia se había dado seguimiento público a la elaboración de ninguna vacuna o tratamiento como en este caso, ni remotamente cuando se gestó la de la influenza. Sin embargo, de algo estamos seguros, que los equipos que hoy trabajan en este reto deben contar con muchos recursos, pero también presiones igual de cuantiosas.

FDA

Hace algunos años me encontré con un libro que hoy podría ser un best-seller, Inside the FDA, The Business and Politics behind the Drugs we Take and the Food we Eat, de Fran Hawthorne. Entre otras cosas describe la enorme presión que la industria impone a la agencia FDA (Food and Drug Administration) y como a lo largo de las últimas décadas se han cometido errores importantes. Pero también describe la realidad de las medicinas y vacunas, que aún siguiendo procesos de años de pruebas, al salir al mercado (con población diversa) surgen múltiples complicaciones.  

En promedio la generación de un nuevo medicamento cuesta 1 billón de dólares. Por lo tanto, la presión por sacarlo adelante es enorme, juegan las empresas, la bolsa, etc. Todos estos sobre una agencia que tiende a ser independiente y no debe preocuparse por los costos, los tiempos o los intereses particulares. Sin embargo, esa misma agencia hoy cuenta con una presión distinta. La de un mundo en “coma inducido”, el cual está esperando que dé luz verde a la cura y todos podamos quitarnos el tapabocas. Volver a la normalidad, millones de empleos, gobiernos con déficits fiscales que no aguantan más meses, industrias enteras, etc. Esta presión es distinta.

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El FDA, por diseño no debe entrar en la discusión del costo beneficio de un medicamento. Es en principio lejana a esa discusión, pero hoy el costo “sombra” de la vacuna es inmenso. En la historia del FDA existen miles de casos catastróficos. Por ejemplo, el Vioxx (artritis) o Celebrex que años después probaron ser fuente de ataques cardiacos. Lo mismo con Procrit y Aranesp, que hasta que solicitaron ser usados para otros tratamientos se descubrió que generaban coágulos y trombosis. 

El eslabón más débil

Pero el libro claramente menciona que el eslabón más delgado del proceso es el seguimiento una vez que un producto sale al mercado. En ese sentido, se estima que sólo el 5% de los efectos secundarios se reportan. Por lo tanto en el caso del Civid-19, una vacuna elaborada tan de prisa, el seguimiento será fundamental.

En este libro se narran algunas buenas historias que reflejan la presión que la FDA recibe por parte de las empresas farmacéuticas. Sin embargo, como ya se mencionó, algo nuevo en la ecuación es la presión que seguramente los gobiernos están ejerciendo sobre las agencias a nivel mundial. Tal vez es mejor asumir que los procesos científicos requieren más tiempo y nosotros ser pacientes. La sociedad debe asumir que en el mejor de los casos nos quedan muchos meses-años por delante antes de pensar en volver pasado. Tal vez es mejor dejar la nostalgia y buscar alternativas que nos permitan convivir con el virus. Aquellos países que lo logren serán más resilentes para el siguiente virus.

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