Gran parte del mundo ya se encuentra en el proceso de “desescalada” del confinamiento. Y ya empiezan a aflorar los costes reales y el nivel de afectación para los distintos sectores. Para aquellos países que mantuvieron el empleo (principalmente Europa), ya existen estimados de costes que van desde el 3-4 % del PIB. Hasta algunas economías que requerirán gastar hasta el 10% del PIB.

A diferencia de la crisis pasada, Europa ha sido mucho más consiente de la importancia de la política fiscal (de la mano de la monetaria). Por ende, se espera que en breve se acuerden distintos mecanismos de financiamiento. Desde préstamos a países hasta endeudamiento comunitario, algo no visto pero que daría un refrendo al espíritu solidario de la Unión Europea.

La deuda pública como cualquier préstamo debe tener una fuente de repago creíble y ahí es donde se deberá centrar la discusión. Debe ser claro que los países pueden repagarla, ya sea creciendo mucho (y volviéndola insignificante) o bien generando mayores ingresos fiscales para el repago (mayor recaudación).

¿Quién va a pagar esta fiesta?

En una nota anterior, mencioné que esta vez es necesario buscar que el peso de la crisis no sea absorbido por las familias y evitar procesos de concentración del ingreso. Bajo esta premisa, es necesario repensar que además de crecer es necesario generar un nuevo modelo de recaudación fiscal para sostener la deuda.

Afrontamos este reto sin estar preparados, en primer lugar tenemos un modelo de recaudación fiscal del siglo pasado, con una filosofía adaptada a una realidad que ya no existe. Nuestro modelo funciona para una economía tradicional, donde existe una empresa con unos trabajadores perfectamente ubicados y donde es fácilmente identificar las rentas de ambos. El modelo fiscal-recaudatorio para esa economía es relativamente sencillo, pero en los últimos años las cosas han cambiado drásticamente. Estados Unidos el sector industrial pasó de representar el 48% del PIB en 1950 a sólo el 18% en 2018, por lo que a los recaudadores cada vez les es más difícil encontrar las “fábricas” para cobrarles impuestos. Hoy el sector terciario (con su gran heterogeneidad) representa el 81% del PIB.

La economía está “des-localizada”, tenemos millones de negocios, algunos sin infraestructura física relevante, o bien con relaciones laborales complejas, tenemos también expresiones de la riqueza que van más allá de los bienes raíces, con instrumentos financieros a nivel global muy complejos de fiscalizar. La reciente discusión sobre los impuestos a las plataformas (Google, Amazon, etc) ha mostrado la complejidad de recaudarle impuestos a la nueva economía.

Nuestro viejo modelo recaudatorio está exacerbando los procesos de concentración de la riqueza. En principio porque es muy eficiente recaudando a la clase media y la clase trabajadora ya que lleva siglos cobrándoles, es muy fácil tasar a un empleado, un servidor público o un obrero. Lo mismo aplica para para un “industrial tradicional”. Sin embargo, gran parte de la riqueza en el mundo se está generando en la nueva economía (des-localizada), donde un negocio puede estar basado en un pequeño paraíso fiscal y transaccionar en la red sin ocupar espacios físicos en determinados países. La relación con las economías locales y sus haciendas es efímera, por lo que la única respuesta que han podido generar los gobiernos es fiscalizar vía sus consumidores, no generando ninguna progresividad (ver más adelante).

El otro problema de nuestro obsoleto sistema recaudatorio es la fiscalidad de la “riqueza”. La sociedad en principio gestiona una especie de equilibrio de acervos y flujos entre sus ciudadanos, para la riqueza cuenta con dos mecanismos principales, por un lado los impuestos a la propiedad (en un continuo) y los impuestos a las herencias (al final del ciclo de vida). Es claro que ambos mecanismos son útiles en una visión del siglo pasado, donde la proporción del patrimonio en “ladrillos” era relevante, por ende el predial era un potente recaudador y donde los traspasos intergeneracionales no eran tan sofisticados como hoy. La deslocalización de la riqueza ha generado que ambos mecanismos de recaudación no sean adecuados para los más ricos, en cambio siguen siendo muy eficientes para las clases medias, generando aún más una injusticia recaudatoria.

Otro gran cambio en el modelo fiscal para el siglo XXI debiese ser la búsqueda de un nuevo esquema de recaudación para financiar la red social. En el siglo pasado esta recogía gran parte de sus recursos a través del mercado laboral; los empleados de las grandes fábricas aportaban parte de sus salarios, así como los empleadores su parte, ambas complementadas con recursos del gobierno. Este modelo claramente ya no funciona en un mundo donde los mercados laborales han cambiado, con autoempleo, flexibilidad, multi-trabajo y la misma deslocalización de la fuerza laboral.

La nueva economía está sobre explotando las fallas de nuestro viejo modelo. Por ejemplo empresas como UBER generan arbitrajes terribles eludiendo muchos de los principios de la recaudación a través del mercado laboral. Aspectos tales como la previsión del retiro, los riesgos laborales, están siendo transferidos de la empresa hacia la sociedad. Si existe un accidente para un repartidor, ¿quién pagará su manutención?, ¿quién absorberá su pensión en unos años? UBER y muchas otras empresas están claramente socializando estos costos en su beneficio. El querer afrontar la recaudación de estas plataformas con nuestro viejo modelo además de ser inoperante contribuye a los procesos de concentración del ingreso.

En un mundo donde un yate y un avión privado no pagan impuestos…

El problema es cómo transitar hacia un modelo más eficiente. Economistas como Thomas Piketty proponen, sobre todo para el mundo desarrollado, empezar a fiscalizar la riqueza directamente con hasta un 2% para los patrimonios más grandes. Como ya se mencionó antes, el predial y las herencias parecen haber agotado su capacidad recaudatoria en un mundo moderno. Además de resultar regresivos, pues los ricos no dejan herencias, gestionan patrimonios.

Creo que el esfuerzo intelectual de Piketty (ver El Capital en el Siglo XXI) y otros es valioso, pero es derrotista al pensar que sólo podemos actuar sobre la riqueza y no sobre el ingreso. Considero que si bien habrá que trabajar para fiscalizar mejor la riqueza, es necesario re-pensar cómo reinventar la fiscalidad del ingreso para la nueva economía. Entiendo que esto Piketty no lo ve. Al final es un historiador, no puede estar conectado con lo que pasa y con lo que viene desde Silicon Valley. El impuesto del 2% a la riqueza no es más que “estirar” nuestro viejo modelo sin entender que ya no sirve. A Piketty lo motiva la obscena concentración de riqueza (y su despliegue), sin embargo, su planteamiento no afronta la fiscalidad en el Siglo XXI.

Recogiendo las piezas… ¿qué hacer? primero no perder la primera línea de batalla (fiscalizar el ingreso). Habrá que llevar a los funcionarios de hacienda a Silicon Valley. En un mundo moderno, la tecnología deberá ser la base de la fiscalidad, big data, inteligencia artificial, pero sobre todo un entendimiento profundo del nuevo mundo digital.

La Unión Europea ha iniciado este proceso. La famosa “tasa Google”, que en principio impone un impuesto a la venta de datos y otros servicios, es un ejemplo del tipo de discusiones que habrá que tener en los siguientes meses. Cabe mencionar que aún no ha sido aprobada por el rechazo de los países nórdicos.

Se estima que las empresas tecnológicas tributan de media un 9% versus empresas convencionales que pagan de media el 23,5%, como puede leerse en este informe de la Comisión Europea. Claramente la “deslocalización” de la que hablábamos genera dicha diferencia. Por su parte, Francia ya ha implementado la tasa GAFA, con un 3% sobre la facturación para empresas tecnológicas “grandes”.

Como vemos la discusión apenas empieza y nuestros fiscalizadores están aprendiendo. Sin embargo, aún falta mucho, en principio porque ninguna de las propuestas “son progresivas”. Estos flat-tax, pueden ser vistos como un adendum al IVA, que es en principio regresivo. Por ende, seguiremos perpetrando un sistema con una alta concentración del ingreso. Tal vez por eso, Piketty sigue insistiendo en aplicar el 2% a la riqueza (como un fracaso a la correcta fiscalización del ingreso).

¿Qué hacer respecto del mercado laboral?

Acá debemos conjugar las necesidades de la nueva economía y el estado del bienestar. ¡Flexibilidad toda!, pero… para nuestro repartidor de UBER es fundamental que cuente con los seguros que reflejen el riesgo laboral en el que incurre (transitar cientos de kilómetros diarios en una metrópoli es muy peligroso, su seguro hoy lo pagamos todos o nadie). Y el día que se canse de pedalear, su retiro lo pagaremos todos. Con la adecuada flexibilidad debemos asegurar que se cuenten con las condiciones laborales y que UBER no nos transfiera un costo inherente a su negocio. Así hay miles de ejemplos que al principio nos parecían afortunados para los consumidores. Pero al contabilizar miles de personas que llevan más de 10 años en este “mercado laboral” sin haber cotizado para una pensión. Debemos de entender que a la vuelta de la esquina este costo lo absorberemos todos.

El futuro es datos y más datos

Hay que crear una nueva fiscalidad tipo “Silicon Valley” en lugar de abordar los problemas con herramientas del siglo pasado. La situación es desesperada y hay voces que hoy tienen eco, pero hacia la dirección incorrecta. Piketty incluso acuña términos como “socialismo participativo”, o “propiedad privada temporal” (Thomas Piketty, Capital e Ideología). Su lucha es noble, pero con herramientas viejas.

Dejaré para futuras notas una discusión a mayor detalle de cómo se podría abordar este reto. Sin embargo, a nivel de apunte creo que este nuevo modelo fiscal debe tener los siguientes cinco puntos:

  1. Basado en la tecnología. La deslocalización de la economía obliga a instrumentar mecanismos de fiscalización de última generación (data-sharing como esencia de esta plataforma fiscal)
  2. Alineado con la sustentabilidad y salud. Hay un reto fundamental que es financiar la transición energética. Por ende, todo el sistema fiscal debe estar alineado a gravar aquellas actividades que vayan en contra de dicho principio (combustibles fósiles, consumo de cárnicos, etc).
  3. Progresividad. Como el reto es combatir la altísima concentración del ingreso, es necesario incrementar la progresividad del modelo.
  4. Combatir la precariedad laboral de las plataformas (es una forma de evasión). Afrontar el nuevo mercado laboral.
  5. Fiscalizar ingreso (flujo) y riqueza (acervo). Lograr una complementariedad de ambos usando las mejores tecnologías.

La deuda que hoy tomamos para superar la crisis, la pagaremos mañana. Debemos definir quién y cómo habrá de pagarse. No nos equivoquemos, lo que decidamos hoy dibujará el resto del siglo XXI.

Impaciente, la humanidad aguarda.

Stefan Zweig, Momentos Estelares de la Humanidad

Agradezco infinitamente los valiosos comentarios de Clemente Ruiz Durán.

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