Los incendios en California han sido un preview de lo que nos espera: huracanes, tormentas, sequías, más incendios, como expliqué aquí. Para nuestra tragedia, el cambio climático se ha manifestado tan lentamente que ha permitido que algunos incluso lo nieguen, pero eso ya se acabó. Hemos regresado de este verano en la playa y la mayoría hemos visto más plástico que peces.

Durante más de treinta años perdimos el tiempo con dos grandes engaños. Por un lado, concentramos los esfuerzos en crear un mecanismo de mercado que nos ayudaría a combatir la emisión de gases a la atmósfera, los llamados bonos de carbono, el cual ha sido un gran espejismo. El segundo engaño es la confianza en la tecnología como culto universal, al cual si se le predica suficiente nos salvará de esta y otras catástrofes.

Los bonos de carbono y el engaño del siglo

Para los economistas el fijar un precio por dañar el medio ambiente debería ser condición suficiente para que los mercados funcionen adecuadamente y se auto-regulen. En primera instancia, el problema está en poder fijar dicho precio, pero más complicado es el cumplimiento a nivel mundial de dicho esquema de precios, prácticamente imposible para el mundo en desarrollo.

El mecanismo del comercio de carbono tiene dos modalidades: “cap / trade” y “offsetting”. Bajo el primero la idea es que los estados otorgan licencias a los distintos sectores contaminantes, que después pueden ser comercializados en el mercado. Ya el lector puede imaginar lo complejo de los mecanismos de asignación y seguimiento de dichas licencias a nivel global (la mayoría son gratuitas, van a sectores tradicionales y se dan con gran discrecionalidad). El segundo mecanismo se basa en otorgar incentivos a aquellos proyectos nuevos que reduzcan las emisiones; esto tiene también muchos problemas, ya que es muy complejo medir la “adicionalidad” de dichos proyectos. Bajo condiciones normales muchos de estos proyectos se implementarían ya con dichas “tecnologías limpias” sin necesidad de participar en el mercado de bonos, por lo que la mayoría no reducen las emisiones netas en el mercado (los costos de análisis y seguimiento son muy altos).

El esquema de poner impuestos en el origen (a las fábricas) tiene múltiples inconvenientes, la capacidad para fiscalizar es escasa y forzar el cumplimiento complejo, cada país-región tiene fuertes incentivos para evadir y no existe ninguna entidad con la capacidad de obligar a países a hacer su trabajo.

Los bonos de carbono han sido hasta hoy la perfecta nube de polvo para evitar actuar de verdad. Aparentemente es un mecanismo exitoso, con crecimientos espectaculares. El valor de este mercado creció 34% en 2019, alcanzando casi 200 billones de euros (ver https://www.spglobal.com/platts/en/market-insights/latest-news/coal/012320-global-carbon-markets-grow-34-in-2019-led-by-europe-refinitiv) y gran parte de esto se ha debido al incremento en el precio, pasando de 9 euros/mt a 25 euros/mt, la apreciación de los bonos es necesaria para que el mecanismo sea exitoso. Por otro lado no todos los mercados son iguales. Por ejemplo en el chino, que se espera inicie este año, el precio estimado por tonelada será menor a 10 euros (ver https://carbon-pulse.com/).

Problema central

El mecanismo tiene un problema central, que es su distanciamiento con el ciudadano y por eso ha sido un gran engaño, ya que nos ha mantenido alejados de una realidad, usando una “capa supranacional” que envuelve un sistema que muy pocos entienden, que permite que lo controlen unos cuantos, dejándonos alejados del problema y por tanto tranquilos.

A pesar del aparente éxito de los bonos, las emisiones de co2 cada año rompen records, por un lado los países desarrollados han podido lograr reducciones importantes en emisiones, sin embargo, gran parte de estas se deben a que hemos recogido algunos frutos del suelo…. por ejemplo el uso de gas en el Reino Unido (y cierre de minas de carbón) o el desmantelamiento industrial de Alemania del Este (ver https://www.tni.org/files/download/carbon-trading-booklet.pdf), estas han sido compensadas por el crecimiento de las emisiones en otros países como China e India. 

Hemos outsorciado la industria a China y otros países. Y es ahí donde ahora las emisiones se incrementan. Pero el hecho de que los artículos sean producidos en China y no en Berlín nos da cierta paz. Caminamos por cualquier ciudad europea  y al parejo de los ríos con aguas cristalinas, los tranvías y el uso de la bici, están miles de objetos que seguimos comprando y que fueron hechos en una fábrica contaminante en China, con insumos de minas en África y descargas a efluentes en ambas regiones.

Todos nuestros garajes están repletos de objetos que no necesitamos. Y ese es el engaño de los bonos de carbono. El no cambiar nuestros hábitos y sólo mandar lejos de nuestra casa todo lo que humea. Treinta años de discusiones cuando al final la única receta válida es cambiar nuestro estilo de vida. En el mundo de ayer, neoliberal, es claro que los bonos/créditos de carbón son preferidos a los impuestos. Hoy las cosas son muy distintas, ya no tenemos tiempo.

Medidas necesarias

Es necesario fiscalizar el consumo, ya que es mucho más eficiente y tiene implícito un efecto sobre nuestras preferencias. Su efecto puede ser inmediato, los principales consumidores son países desarrollados con mecanismos avanzados de fiscalización. Esta estrategia tiene el efecto educativo que nos hace falta.

Intervenir la demanda  permitirá que aunque el costo de un insumo baje se controle el precio final para el consumidor volviendo a inhibir la demanda. Por ejemplo, se espera que conforme se incrementen los vehículos eléctricos bajen de precio los combustibles fósiles, pudiendo despertar su demanda. Los países vía impuestos podrían evitar que esto suceda. 

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No sólo hay que “despetrolizar” nuestras economías, sino desmaterializarlas, permitir sólo objetos y de uso intensivo, prolongado y compartido. Inhibir el consumo no sólo se refiere a la energía que usamos día a día, sino las “cosas” que usamos. Ya que estas tienen implícito un costo en su creación y en su despojo. Por ello es fundamental iniciar un esfuerzo por transparentar el costo real de los objetos y servicios que usamos. Un juguete de plástico tiene un precio de cinco dólares. Sin embargo, habitará la tierra por más de 100 años. Además, en el proceso de manufactura habrá consumido tal cantidad de CO2 que nos debería forzar a pagar por él cinco veces su precio actual.

Los países ricos son los que más emiten CO2. Por ejemplo, Estados Unidos consume 22.5 toneladas por persona por año, los Europeos 13.1, los Chinos 6 y el Sudeste Asiático 2. Sin embargo, tanto en China como en India la población de mayor riqueza emiten niveles similares a los de Estados Unidos. Es decir, en cuanto se puede permitir un incremento en el consumo de energía (y cosas!) se consume. Conforme se incrementen los niveles de vida en estos países se dispararán las emisiones de CO2.

Tenemos claramente un trade-off, la materialización y el excesivo consumo ha contribuido a sacar de la pobreza a mil millones de humanos. El número de personas viviendo con menos de un dólar al día se ha reducido a la mitad durante los últimos treinta años. El problema es que nuestra fórmula de crecimiento no es sostenible.

En la próxima nota hablaremos del segundo engaño, que es que la esperanza en que tecnología logrará reducir drásticamente el calentamiento global. Por último en una tercera entrega algunas notas para mirar hacia adelante.

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