Existen múltiples factores internos y externos que nos hacen ver que esta crisis no tendrá una corta duración. Por lo que es necesario establecer estrategias que permitan afrontarla por muchos meses.

En este contexto será necesario establecer a detalle los tiempos para cada intervención de política. Cuando se entra en una guerra y se sabe que es de largo plazo, ésta se planea distinto a una de corta duración.

Además de las medidas y sus tiempos, hay que diagnosticar bien la enfermedad. En muchas notas, incluso de economistas del Banco de México se ha afirmado que esta es una crisis de oferta y de demanda. Considero que es una crisis principalmente de demanda. La pandemia obligó a detener la economía afectando principalmente el consumo. Si bien actividades industriales y la construcción también pararon, su contracción no es sistémica. Es decir, la oferta puede reiniciarse de forma automática. Ya lo vimos en China donde las plantas en abril ya estaban en funcionamiento.

La crisis también generó problemas de demanda más complejos, como es diferimiento de compras relevantes como autos y vivienda. No existe un entorno que de confianza y permita al consumidor tomar decisiones relevantes de gasto, inversión y endeudamiento. Esto genera que sectores como el de la edificación o el automotriz sigan sin detonar aún cuando llevan meses bajo “la nueva normalidad”.  

Pero, sin duda, la demanda en sectores como los servicios, donde México mediante el turismo genera millones de empleos, seguirá contraída por muchos meses. La posibilidad de tener una vacuna en el corto plazo es escasa. AstraZeneca informa que ha detenido los ensayos y la OMS indica que una campaña de vacunación masiva antes de finales del 2021 es poco probable.

Lenta recuperación

Por lo tanto, los datos dan indicios no sólo de una caída importante en la economía (de dos dígitos) sino de una recuperación lenta del empleo y la inversión (y por ende la demanda). Ante este escenario, es muy importante hacer una hoja de ruta para planificar las intervenciones de política pública.

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Ha sido muy criticado el poco uso de política fiscal hasta hora. Sin embargo, pensando en una “guerra” de larga duración, tal vez no ha sido tan erróneo. En primera instancia no existen los recursos para ampliar la intervención significativamente sin deuda. Dicho endeudamiento hubiese puesto en mucha tensión tanto el tipo de cambio como la percepción de riesgo país (ya muy dañada con Pemex). Por otro lado, el país no cuenta con las herramientas que garanticen que una intervención diseñada al vapor sea eficiente. Es decir, la mayoría de las propuestas que se vertieron  no podrían implementarse sin riesgo de generar distorsiones o nula adicionalidad.

Es necesario reconocer que en México se tiene muy poca capacidad de dar seguimiento a las políticas. Y más si son implementadas bajo la marcha. Un ejemplo de esto es el mercado laboral. En países desarrollados fue donde se centro la política de contención de la crisis, como explicamos aquí. Sin embargo, son economías donde prácticamente no existe la economía informal. Por ende, es factible instrumentar estrategias justas y trasversales a través de las instituciones de seguridad social (seguros de desempleo y programas vinculados). En el caso de México, con un mercado laboral fragmentado, es muy complicado establecer un esquema de apoyo que sea justo. Pues si los recursos se canalizan al mercado formal sólo se cubre a una parte de la población, volviendo altamente regresiva dicha intervención, y así para el resto de los sectores.

Usted, estimado lector, me dirá que justifico la inacción, pero sólo trato de ser pragmático. Hoy seguimos en guerra y aún hay balas, que muy probablemente se hubiesen gastado sin generar los efectos deseados. En ese sentido, por una u otra razón, creo que hasta no tener clara la profundidad y duración de la crisis, un país como México no se puede permitir “disparar primero”. Simplemente, nuestro stock fiscal no lo permite.

¿Qué hoja de ruta seguir?

La hoja de ruta debe combinar estrategias de política fiscal y monetaria. Aquí creo que el Banco de México se adelantó y lanzó una receta buena, pero tal vez el momento no era del todo adecuado. Considero que la baja de tasas se ha consumido sin efectos en el crédito y la liquidez que ofreció al mercado no le generó mucho interés. Ahora, el espacio de política monetaria ya está muy ajustado. En primera instancia, los siguientes meses serán de gran volatilidad derivados, entre otras cosas, de la elección en Estados Unidos, o bien noticias de coyuntura sobre el COVID19. Lo que complica una nueva baja de tasas. Por otro lado, la inflación sigue creciendo. En agosto se sitúa en casi 4%, lo cual también cierra la ventana de actuación del Banco d México. Hacia adelante será necesario mayor coordinación entre política monetaria y fiscal.

Se ha presentado un presupuesto “austero” por parte de la SHCP, que realmente no contempla programas de reactivación especiales. Asume un crecimiento moderado 4.6%, que es un rebote “normal” y una inflación controlada (3%). La apuesta es que no haya más contingencias. Sin embargo, creo que podría haber más tensiones de tipo de cambio y, a su vez, estas pueden transmitir inflación. Hasta ahora el tipo de cambio ha sido una ancla psicológica en el gobierno, que se vuelve a su vez arma de doble filo, como comentamos anteriormente. Por otro lado, las remesas van bien y aunque hemos exportado mucho menos que el año pasado (47 mil millones de dólares menos, enero-julio) la crisis también ha frenado las importaciones. Pero cada vez más la confianza de muchos inversores se fija más en el tipo de cambio. Ojo con este tema.

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Por otro lado, analizando los tiempos políticos del gobierno, no hay forma que la estrategia cambie antes de la elección del año entrante. Pero siguiendo esta estrategia, creo que valdría la pena relanzar una reforma fiscal de gran calado para el segundo trimestre del año. Esto podría ser un parteaguas que concilie el dilema de endeudarse sin asegurar las fuentes de repago. Con dicha reforma, la imagen y capacidad de pago del gobierno podría refrescarse. Un endeudamiento del 10% del producto aprovechado a finales del 2021 y 2022 podría relanzar a la economía.

Habría tiempo para definir sectores estratégicos y establecer apoyos puntuales que sean bien aprovechados. Es decir, planificar la intervención para maximizar la creación de empleo y promover la inversión. El sector empresarial estaría positivo, como lo estuvo al apoyar la reforma de las pensiones, al ser un potencial beneficiario de dicha expansión de deuda.

Ahora, es importante asegurarse que la economía no fallezca en las trincheras. En los siguientes meses existe riesgo que algunas actividades esenciales tengan conflicto y habrá que atenderlas. Tal es el caso de la industria de aviación, el sector turismo, construcción, etc. En ese sentido hay que garantizar que exista liquidez en el mercado-crédito, de esta forma se podrían transitar los siguientes meses. Resumiendo: elecciones-reforma fiscal-endeudamiento. Así los tiempos y en ese orden.

“Stalingrado, ya antes del 19 de noviembre estábamos sin resuello y con las fuerzas agotadas, habíamos llegado a los límites más extremos”.

Pasaje sobre la dura y larga batalla de Stalingrado en Las Benévolas de Jonathan Littell.

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